miércoles 24 de junio de 2009

Historia Niverzal Cap. 2


Capítulo 2. Las invaciones.
Había pazao la Prihistoria caci cin darce cuenta. Nuestros paizanos vivían tan ricamente con toas la modernuras que ce habían inventao cuando un zagal que apenas zobrezalía del zuelo un par de palmos, ce locurrió zubirce encima una cabra y tiró monte parriba. Toa la gente zalió en zu busca y cuando golvió, aparte de llevarce una buena manta palos, tuvo que explicale a tos que cómo lo había hecho. Estamos en los albores de la caballería, anque aún ce tardarían algunos años en abandonar a las pobres cabras en favor de los burricos. Este gran adelanto zupuzo que empezaran a zalir de viaje y acín descubrir que no estaban zolos en el mundo, que al laíco también había otros ceres tan inteligentes como ellos, que también recibían a los forasteros a pedrás.
El comercio zurgió entonces. Entre nuestro pueblo y los de al lao gran variedad de mercancías ce intercambiaban: acitunas por vino, leche por vino, pan por vino. Pero claro, pa trasportar tanta mercancía había que inventar la rueda, porque ir encima una bestia con tanto barril encima y, anque el animalico ce metía priza, la esparda del jinete ce recentía. Total que uno mu manitas hizo un par de ruedas pa ir tirando, y nunca mejor dicho porque al principio eran las hembras humanas las que tiraban del carro hasta que ce hartaron y empezaron a utilizar a los animales, anque no había comparación. De ahí el dicho de que tiran más dos … ya zaben.
Las primeras ruedas zalieron cuadrás, pero de tanto uzo ce queaban reondas, ques cuando había que cambialas. Pero ya ce zabe lo dejaos que zomos pa estas cozas, acín que al final tos las llevaban reondas lo mismo que ahora tos llevamos los nemáticos cin dibujo.
Este avance de los conocemientos ce aceleró el día que empezaron a invadiles gentes de allá y acá unos detrás de otros. Concretamente los primeros que fueron los íberos. Unos mu paecíos a los nuestros pero que llevaban coronando zus cabezas un trozo tela con una aza en lo alto. Cí, no me ce emocionen. Estamos ante el címbolo internacional de nuestra curtura: la boina. Fue vela y no tardaron na en copiala y con el tiempo la mejoraron adaptando el aza por un cipotillo a modo de ceñal de virilidad porque ni dicir tiene que la boina terminó ciendo un tocao exclucivo del varón. Ellas también pillaron algo de los íberos: el bimoño. Al prencipio ce hacían dos a los laos y con el tiempo ce fueron juntando por la nuca hasta convertirce en el monomoño o moño a cecas.
No habían acabao de acimilar estas nuevas custumbres cuando ce precentaron unos que entoavía habrá alguno riéndoce. Eran mu grandones ezo cí, con los pelos amarillos unos y coloraos otros y con unos pantalones como los del Marichalar, trenzas en los bigotes y agárrence ¡cuernos!, que no era de extrañar que vinieran cin las mujeres.
A pezar de esta clace de redículo, nuestras hembras quearon mu prendás de ellos, hasta el punto de que cuando ce fueron a los dos días, rara era la que no lloraba. Nueve meces después eran más de uno el que lloraba al ver en zu caza correteá un zagal con el pelo amarillo o colorao. De mayores icían que eran cirtíberos na más que pa fastidiar, ya ce zaben cómo zon los jóvenes.
Estos cornúos (que también esto nos lo dejaron en herencia) nos enceñaron a emborrachanos con un líquido que paecían meaos y que traían de unas tierras lejanas, y que a la na que lo enfriabas y le añadías una tapa, estaba la mar de rica: la cerveza. Por lo visto vinía de una tierra aonde enterraban a zus jefes echándole una montaña piedras encima, que digo yo que acín habría cío en vía como pa tomarce tantas precaciones de muertos.
La curtura también empezó a azomarce, ma que na porque estaban los zagales ociozos tol día. En ece tiempo un zagal ce tiraba tol día en la calle hasta que un día golvía a la caza con barba o preñá, ceñal de que ya estaban pa echalos otra vez a la calle pero pa no golver.
Pos mira tú por aonde que paza un día uno que zabía leer y el pueblo le propuzo poner una escuela. Este gachó, que vestía una zábana por lo alto, que gustaba de tomarce la leche echá a perder y que dicía que era griego, dijo de que cí y puzo la primera escuela del pueblo. Allí ce pazaban el día los nenes mirando por la ventana porque había mu poco que aprendé. Por ejemplo, la Historia en media hora estaba toa aprendía; de Matemáticas zólo ce contaban hasta el diez que eran los deos de las manos (tuvieron que venir los romanos con zus baños pa descubrir los otros diez y poder contar hasta veinte); de Cencias, anque ya ecistía la ley de la gravedad, apenas ci ce uzaba. Zólo la Riligión cí tenía temas. Figurarce que cegún el maestro griego había dioces pa to: uno pal zol, otro pa la zombra, otro pal mar, otro pa los ríos, pa los charcos, etc. Incluzo zabían inventao uno pal dolor de cabeza, que ya por aquellos entonces empezaba a cebarce en las parientas zobre to los días de apareo, normalmente los zábados.
Otra coza curioza que enceñaba el maestro era que ci te morías aluego volvías a la vía. Esto lo tuvo que dejar de enceñar porque ce corrió la voz y empezaron a matarce unos a otros pa ver ci era verdad.
También dicía que un día el mar ce tragó un pueblo entero que tenía munchas riquezas y que ce llamaba Tartezzos. Por ezo es custumbre en el pueblo que cuando ce va a la playa, clavá la zombrilla metro y medio de hondo y a poder cer en el paceo marítimo porque del pazao ce aprende.
La ciguiente invación ce hizo de esperar. Estaban tos los del pueblo azomaos a las ventanas a ver ci venía alguien. En este tiempo ce inventó el chismorreo, pues de tanto estar pendiente empezaron a fijarce en lo que hacían los otros y a comentalo. Ce convirtió en el pazatiempo predileto hasta que ce pudo cintonizar Tele 5.
Al fin apaecieron. Venían mu trajeaos pa la caló de entonces anque no zudaban. Los finicios ce precentaron en mitad del pueblo y empezaron a poner tenderetes con muchos chismes. Lo más curiozo era oirlos gritar “bragas ceñora, que me las quitan de las manos” o “aceites pa ece cuerpo que ce va a comer el marío” (lo que munchos ce tomaron al pie de la letra y empezaron a verce marcas de dientes en ellas y ojos moraos en ellos). Fue un espectáculo, pero a na que ce echaba la noche ce iban y no golvían hasta el jueves ciguiente. Eran los primeros mercaíllos. Aparte de un montón de cozas que traían de afuera, lo más novedozo fue lo de los dineros. Unos trozos de hierros con los que podías comprar de to. Pero por más que nos pedían dineros, allí en el pueblo no había, acín que ce pagaba con lo de ciempre: en cochinos, cántaras de leche o de miel, pero ya zaben ustedes como zon las modas y al final en na que unos empezaron a pagar con los dineros, ya ce apuntaron tos.
Mal invento éste, porque ya daba igual que tuvieras un buen choto o una parva de pavos, ci no tenías dineros no eras naide. Endemás el jefe de la tribu que ce había fijao de un trozo de giroglífico, le dio por cobrar dineros a lo egicio a tol que quiciera poner el puesto en el mercaíllo. Los finicios dejaron de venir, ci bien había nacío una nueva especie humana: el corrupto (homo habilis trincandus)
De los finicios aprendimos munchas cozas, como por ejemplo que ci machacábamos las acitunas zalía aceite, que ya le vimos utilidad a cogelas, que lo único que hacían era pillá citio en las cazas, o que ci le echabas a la carne tomillo e hinojo estaban más zabrozas (nuestros ancetros, que no eran tontos, empezaron a dale de comer a las vacas y a los cochinos directamente estas yerbas y acín zalía ya la carne con el zabor tomao, zobre to las que no ce morían de indigestión antes de matalas).
Menos mal que aluego vinieron otros con otros mercaíllos con mejores precios y mayor calidad, tanto en boinas de marca como en uno de los utencilios más moernos que ce conocieran, el botijo. Eran los cartaginenses, pero de ezo trataremos en el ciguiente capítulo aonde empecemos con otra de ezas cozas que nos diferencian de las bestias zalvajes: la guerra.